viernes 4 de diciembre de 2009

A destiempo



Parecía una maldición, una pesadilla. Pero, por más que se esforzara, que se apurara, siempre llegaba tarde a todos lados. Perdía autobuses, aviones, barcos y trenes. No importaba que esperara con días de anticipación, era un problema constante, algo inesperado que distraía su atención o que lo ocupaba en otro asunto. Bastaba un segundo, y ya no había nada más que hacer.
Y así fue toda su vida, cosa que hizo complicadas muchas de sus etapas, la escuela, las citas con las novias, su matrimonio, su carrera, todo estaba marcado por un desfase imposible.
Lo único a lo que llegó a tiempo fue a su propia muerte, a la que arribó antes de perder la cordura. Y a pesar de todo, su cajón se presentó con dos días de retraso a su propio funeral.

sábado 21 de noviembre de 2009

Amor propio


Imagen: El hombre de la flor amarilla de Emilio Pettoruti

Se miraba en el espejo detenidamente. Pliegues, formas, líneas y curvas. Cada centímetro de su piel le parecía exquisitamente tallada y, con sus dedos, dibujaba caminos de deleite y admiración. Sus cabellos primorosos, como los de un ángel recién nacido, adornaban espléndidamente la perfección de sus ojos armoniosos y simétricos. Nunca había él visto algo tan hermoso, y ahí estaba, frente a él, la imagen de sí mismo.

Nunca consideró que el resto de las criaturas estuvieran a su altura. Se alimentaba de vegetales y carnes cuidadosamente seleccionadas por él, perfectas, impolutas, imposibles. Pero siempre quedaba con un sentimiento profundo de insatisfacción.

“Uno es lo que come”, pensó aquel día. Y mientras se observaba, una sensación de vacío se producía en su estómago. Trataba de convencerse a sí mismo que nunca habrá algo mejor en el universo que él mismo. Narciso se miró las manos cuidadosamente, la palma con el destino de la belleza trazado en ella, los dedos finos y largos como cuellos de cisne.

Pensando que el mejor banquete sería su propio cuerpo, empezó por comerse las uñas...

miércoles 14 de octubre de 2009

Canción de cuna para no morir



Imagen: Magic Forest de Silvia Forrest

Dicen que ella huía. Que cogió a su niño en brazos, una maleta vieja y salió corriendo del lugar. Ella se adentró en la oscuridad y el frío del bosque. Los árboles la miraban extrañados y trataban de preguntarle la razón de su huida. Ella sólo seguía avanzando, sin mirar atrás. Los duendes borraron sus huellas en el camino escogido por ella, porque comprendían que ella escapaba de lo mismo a lo que ellos temían. El caso es que nadie venía tras ella, ningún aldeano con antorchas o tridentes, ni un alma que quisiera castigarla.
Huía porque era su destino, al mismo tiempo que huía del destino mismo. El niño no emitía sonido alguno, porque sabía también que el bosque los protegería, sentía la angustia de su madre y lo hacía suyo, transformándolo en las palabras que usaría para escribir esta historia.
Los días y las noches se sucedieron y la madre ya estaba agotada, agonizante de tanto vagar. Se sentó al pie de un árbol viejo como ella misma. Duendes, trolls, fantasmas, alces y demás criaturas de la espesura la observaban. El final estaba cerca. Ella miró a su niño. Y, con sus últimas fuerzas, le contó su historia, la cual él debería no olvidar, porque el día que él no la recordara más, la magia dejaría de existir.